69.2018/04

Fanzine pan y dime tonto

Introducción a un ensayo sobre la imbecilidad

¿Puede un imbécil ser sonsciente de su imbecilidad? Ron Mc Pollo postulaba que «el imbécil es apenas capaz de discernir su propia imagen en un espejo. Hace muecas, como burlándose de otra persona, para, acto seguido, retornar a su preocupaciones más esenciales, apenas superiores a las de cualquier animal.»(1) Sin embargo, Lisa Listophenson aseguraba que Ron Mc Pollo era «un imbécil incapaz de ver más allá de su clasismo»(2), debate al que se sumaba el siempre conciliador Hortensia y Cassette: «ambos tienen razón o, lo que es lo mismo, ambos se equivocan. En cualquier caso, yo soy el mejor y ceno siempre en los mejores restaurantes al mejor precio»(3)

Fuera o no él mismo un imbécil, Ron Mc Pollo ha sido quien más y con más anhelo ha estudiado el fenómeno de la imbecilidad y sus diversas manifestaciones en todos los ámbitos. En su célebre «¿Por qué no vemos ningún centollo en nuestros paseos por el parque?» analizaba el caso de un sujeto, al llamado sujeto 21, que ha sido considerado referente para investigaciones posteriores:

«El sujeto [21] presentaba todos los síntomas de imbecilidad […] que parecían empujarlo a una conducta tan errática como enfática, tan absurda como convencida de su validez lógica y moral. La estructura de sus argumentos podría resumirse de las siguientes formas:

I
Imagino que A es cierto
ERGO A es cierto

II
Quiero que A sea cierto
ERGO A es cierto

III
Mi primo Ramiro asegura que A es cierto.
Yo odio a mi primo Ramiro
ERGO A es falso.

IV
La sociedad en su conjunto asume que A es cierto
La ciencia ha demostrado que A es cierto
Me sale de los cojones que A sea falso
ERGO A es falso (4)

Entiende Mc Pollo que la esencia de la imbecilidad radica en la incapacidad para el razonamiento lógico, pero esto no hace sino suscitar nuevas preguntas. ¿Podríamos considerar imbécil a una libélula? ¿A un perro? ¿A un bebé? Y, aunque contestáramos que nos referimos solo a seres humanos adultos mayores de edad, ¿razonamos siempre de manera lógica? ¿Acaso no son las estructuras pseudológicas arriba citadas comunes en nuestra manera de experimentar el mundo?

Aunque tal vez esta última pregunta sorprenda al lector, científicos de la Universidad de Knowledgetown en Ciudad Rodrigo aseguran que es exactamente así como funciona el cerebro humano. «La mayor parte del tiempo, la peña entiende lo que se le pone en el toto» (5), sentencia Laura Gómez Kemp, coordinadora de una investigación que ha tenido ocupados a varios científicos de talla internacional durante los últimos 30 años.

Al principio de mi investigación, pensé en documentarme buscando noticias en Internet del tipo «hombre se enfada consigo mismo y se pega una paliza»(6), pero enseguida comprendí que la imbecilidad más interesante no es aquella que nos resulta evidente al común de los mortales, sino aquella más sutil, intrínsecamente unida al hecho de ser humanos. La inversión de la conocida tonadilla popular «más tonto y no nace», puede ser la clave para resolver el misterio. Quizá lo más imbécil que hemos hecho todos en nuestra vida, haya sido, precisamente, nacer.

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1.- España Directo, Ron Mc Pollo, 1902.
2.- Nuevas recetas con anchoas, Lisa Listophenson, 1903.
3.- La amenaza fantasma, Hortensia y Cassette, 1923.
4.- ¿Por qué no vemos centollos en nuestros paseos por el parque?, Ron Mc Pollo, 1910.
5.- Magazine de los amantes del Sánscrito, n. 14, año 0.
6.- Y en efecto, produjo resultados: «Man gets into fight with himself and breaks his own leg», Georgia Diebelius, metro.co.uk

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