69.2018/04

Fanzine pan y dime tonto

El bien, el mal y lo que está en medio

El olor a saliva y nenuco flotaba en todo el espacio delimitado por el frondoso seto de metro y medio y hoja dura verde oscura textura plastificada. Dos grupos de madres, diferenciadas por edades, calidad de sus carritos y firmeza de sus peinados. Unas madres, fijación de espuma. Otras madres de madres, fijación extrema, laca a prueba de huracanes con nombre de mujer. Los dos grupos escanean a golpe de mirada juiciosa láser todo ser viviente que transite dentro de su espectro analizable, que es amplio. 360° por persona, pues sus cuellos, ágiles y estilizados como cisnes se lo permiten. Abraham, sentado en un banco de madera nudosa, escapa por el momento del análisis láser de ciencia ficción. No está a tiro. Abraham es pedófilo. No pederasta. Pero nadie lo sabe. Ni siquiera él. Una tarde de siesta, imaginó las nalgas rollizas de un benjamín rozándole sus cuádriceps duros como rocas, debido a sus horas pasadas en cuclillas reparando desagües a la vieja usanza, a base de esparto y soldadura. Solo se lo imaginó y un calor vaporoso le recorrió desde el «jara» hasta el coxis. Sus muslos sudaron creando una masa pastosa de sudor y vello que se acumulaba en los alrededores de su perineo, y por ahí, por su perineo, desembocaba una gota de sudor que venía recorriéndole toda la abertura nalgal, viéndose frenada por el nacimiento escrotal. Y todo esto, todas estas sensaciones le provocaban a Abraham una erección. Una erección de la que, a pesar de ser incómoda (pues el tiro de sus pantalones de trabajo azul eléctrico era demasiado corto) e inoportuna (porque una erección fuera de su ámbito socio-fisiológico siempre es inoportuna) le resultaba de alguna forma placentera. No se alarmó. «A todo el mundo le pasa», pensó con total naturalidad, sin ánimo de justificarse ni de restar importancia a la situación ni de expiar la situación. Se levantó del sofá, se desperezó, se dio una ducha y salió a la calle como muchas otras tardes a sentarse en un banco del parque a observar​ con deleite palomas, ardillas o niños balanceándose en sus respectivos columpios vigilados por sus respectivas madres, ataviadas con sus respectivos carritos, peinados y meriendas.

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