68.2017/10

Fanzine opaco que vibra

Tumultos, transiciones, sediciones

Votemos, dice el cura.

Se oye el siseo de los cuerpos arrodillados que se incorporan. Las nubes de incienso remolinan. La luz del sol atraviesa la vidriera. Colores ajados con bordes de plomo.

Monseñor baja las escaleras que separan el altar de la bancada y coloca la urna sobre un pedestal de mármol.

Los viejos fantasmas del pasado se levantan. El coro canta. Hosanna en el cielo, señor, hosanna. Se oye un bordón. Está lleno de orgullo y satisfacción. El organista pulsa teclas y evita los sostenidos y los bemoles. Solo notas naturales. Escalas mayores limpias, puras.

Votemos, repite el cura.

Hoy no hay sermón. Está colgado en internet para quien lo quiera consultar. Alguien retuitea un suspiro. La letanía de cuerpos forma una cola en el pasillo central que discurre entre los asientos de madera. Fantasmas con cadena y bola de metal. Cada cual lleva su papeleta con la respuesta en la mano. Nadie mira a los ojos de nadie. Se acuerdan de los que se quedaron de rodillas, con la frente apoyada en la gravilla y la baba de sangre colgando. Aquellos a los que desaparecieron.

Llega el primer espectro a la urna de cristal. Cuerpo de Fistro, le dice el sotánico. Mamen, contesta el alma en pena. Deposita su elección, su «si» o su «no». Es su última elección. En la cola un ente se impacienta y pide más diligencia en el proceso. Avancen, coño, grita desagradable.

El cura pide silencio. Los fantasmas se inquietan y cuchichean entre ellos.

El cura pide silencio (bis). Alguien estornuda. ¡Se acabó!, grita el cura, cansado y enfadado. Se acabó la votación, termina. Con un solo voto en su interior, agarra la urna y vuelve a la zona del altar.

Se sienten, pide el cura.

Los fantasmas regresan a su escaño. El cura anuncia que procede a contar. Abre la urna y saca la única papeleta. Lee el resultado en alto. Votos a favor, uno; votos en contra, cero; votos en blanco, cero; votos nulos, cero. Queda clara la opción que ha elegido la ciudadanía. Queda aprobada, entonces, la cuestión. La democracia ha hablado. El cien por cien de los votantes ha afirmado «sí».

La pandilla fantasmal acepta el resultado resignada. La resignación es lo único que les queda. Podéis ir en paz, dice el cura. ¿Podemos?, pregunta alguien. Se mueve la bancada. ¿Cómo que Podemos? El cura prende el sistema de megafonía y pide a la asistencia que abandone el local.

Váyanse, cojones, pone como punto final. Da un golpe de sandalia en la baldosa.

Los cuerpos toman lentamente el camino de salida. El incienso se ha apagado. Nadie hace la genuflexión. No tienen rodillas que arrimar a tierra.

Se abren las puertas de la percepción y salen a la calle, todos ellos deslumbrados cara al sol. Van a ir al bar. Croquetas de huevo picantes. Han ejercido su derecho a la libre participación.

El cura cierra las puertas de la iglesia. De la Iglesia. Se despide de la multitud. Guarda la única papeleta en el bolsillo, testigo del gran día de la votación. La multitud se dispersa.

Mejor, los dispersan. Dispérsense, por favor. Han llegado los antidisturbios con sus proyectiles de jamón. Dispersión. Dispersión. Un fantasma se manifiesta en contra de la dispersión, pero el Estado no perdona. Le dan un jamonazo en el ojo al fantasma libertario. El Estado solo pide la dispersión. Que nadie se junte en grupos numerosos. Que nadie se concentre. No a la concentración. Sí a la dispersión.

El cura ha subido al campanario. ¿Por quién toca las campanas? Las toca por ti, porque dentro de poco vas a morir. El cura subido al pedestal del campanario, cual quincon urbano, llama a luto haciendo agitar el badajo. Los fantasmas ya han desaparecido.

Ha llegado la hora de comer. Las calles del pueblo están vacías. No queda nadie. Hasta el próximo domingo o hasta la próxima fiesta de guardar.

Votamos, dijo el cura en pretérito perfecto. Votamos.

Y la prensa se congratula. Publican primeras planas a cinco columnas con tipografías engordadas y agresivas. Fotografías de la Fiesta. Editoriales que son más un alzamiento militar que una sosegada columna de opinión. Todo el mundo está contento. Los del más acá y los del más allá. Porque no se ha subvertido el orden establecido. Porque todo sigue igual.

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