68.2017/10

Fanzine opaco que vibra

Ciencia fricción

El revisor entra a mi vagón.

Panzudo, bigotudo, corbatoso.

El bamboleo del tren contrarresta el bamboleo del alcohol. Por consiguiente, camina derecho. Me señala con un bolígrafo de propaganda y con un tono de voz serio e importante (que esto es la Renfe, chaval), comienza su labor: «Buenas tardes. ¿Me permite su billete?».

Busco. En la cartera. No está. En la mochila. No está. En los bolsillos de la la chaqueta. No está. ¡Mierda! ¿Dónde está el billete? Sudo.

Le miro y le suplico treinta segundos de prórroga. Sólo necesito medio minuto para averiguar donde está. No me mate, señor revisor. No me mate. Déjeme que busque una vez más.

Entonces, la singularidad.

«Déjalo. Ya sé que lo tienes», me dice con un gesto indiferente. Guarda el bolígrafo en el bolsillo y se marcha. Se va al otro vagón. Quiero decirle que espere, que está cometiendo una grave infracción. ¿Y si no he comprado billete? ¿Y si estaba haciendo tiempo para que se fuera? Esta irregularidad me desconcierta. Su ausencia me deja un sabor de boca raro, vacío. ¿La autoridad me ha ignorado? Ha debido de ser una onda gravitacional, una grapa en el continuo espacio-tiempo. ¿Qué ha pasado? ¿Me ha pedido el billete y ha desaparecido sin haberlo marcado con su bolígrafo SuperAmara, lo-hacemos-las-personas?

«¡Vuelve!», quiero gritarle arrodillado. «Vuelve a mí, que aún queda algo entre nosotros dos. ¡Cumple con tu deber!». Pero ya es tarde. El revisor ha encontrado en el otro vagón a un joven de rastas con perro que viaja con los pies apoyados en el asiento. Le acaba de clavar el bolígrafo en el hombro y le agita la cabeza. Le escupe mientras le grita.

«El billete, ¿dónde tienes el puto billete sucio jipi?», oigo desde aquí.

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