68.2017/10

Fanzine opaco que vibra

El entierro

Tomaron al recién nacido y lo apartaron de sus demandantes manos, abandonando el cubículo en el que los amargos lamentos de la madre se extinguían intramuros sin que nadie hiciera nada por evitarlo. No había tiempo para ello. No ahora que una nueva semilla había brotado.

Lo llevaban en brazos, siguiéndolo en procesión como a un objeto sagrado digno de ser venerado. Pero no había dicha alguna en aquel nacimiento; tan sólo un oscuro deseo que pronto sería colmado. Y es que el pequeño no se hallaba muerto, aunque de antemano así pudiera ser pensado. No había nada extraño en él, ninguna deformidad ni enfermedad alguna. Todo cuanto un niño tiene de sano podía ser apreciado. Sus lloros y quejidos no podían ser más vivos, de ahí lo cruel de la suerte que ya le había sido dictada, puesto que aquel regalo tan pronto llegaba como era llevado. Apartado de la madre sin ser siquiera lavado, el rito pronto sería consagrado. Así estaba escrito en los libros de aquella religión que transgredía la trascendencia en beneficio de la inmutable existencia. La madre, consciente de ello, mordía el dolor y lloraba la pérdida, recluida y abandonada sin más consuelo que lo dilatado de su futuro podía brindar en ese intento por olvidar lo vivido.

Ya en el exterior, reunidos bajo la galería, le dieron al pequeño de beber la leche que manaba de las mismas entrañas de la tierra; aquella que brotaba de la secreta fuente sobre cuya sima se había construido aquel monstruo de piedra que llamaban hogar. Dos dedos de aquel líquido bastaron para obrar el hechizo. El destino se había cumplido. Satisfechos de sí mismos, hundieron al pequeño en el viscoso fango, apenas horadado, de donde asomaban los restos de otros que como él sólo eran rescatados cuando la muerte se abría paso y reclamaba su cruel arreglo. Ahí es donde entraban los pequeños, puesto que ahogado el lloro cuando apenas había despuntado la vida, la muerte aún estaba tierna para ser rediviva.

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