69.2018/04

Fanzine pan y dime tonto

Ahab, el cazaballenas

La exposición consiste en lo siguiente, le explico a la comisaria. Películas clásicas proyectas a más de trescientos fotogramas por segundo. De esta forma, un film de dos horas puede visualizarse en tan solo nueve minutos. Imagínese ver la filmografía completa de Tchaikosvky en una tarde.

La comisaria se toca los labios con un bolígrafo bic naranja, de los que escriben fino (no como los de cristal, que escriben normal). No la veo convencida del todo. Murmura. Hace un ruido raro. El ronroneo de un gato que frota el cuello contra tu pierna. Ahora se golpetea los dientes con el bolígrafo. El despacho está en silencio. Comienzo a dudar de mi idea. Pero, no, no puede ser que no le guste. Es imposible. Soy un genio.

La comisaria deja el bolígrafo sobre la mesa y toma el dossier de mi proyecto entre sus manos. Lee el título en voz alta: «Fotogramas efímeros en versión reducida». Chasquea la lengua. Tendrías que meter alguna palabra de uso infrecuente. Algo que no se entienda muy bien. Lo tengo pensado, respondo. Príapo. Ella sonríe. Esto esta mejor. El título quedaría como sigue: «Fotogramas efímeros en versión reducida. Príapo». Ajá, afirmo yo. Ajá, afirma ella. Ajá, afirmamos los dos. Ajá, afirma el secretario que acaba de entrar por la puerta para rellenar su vasito de agua mineral. Ajá, afirma el resto de la plantilla que trabaja en la oficina. Ajá, afirma la gente que visita el edificio. Ajá, los habitantes de la ciudad. Ajá, la provincia al completo. Ahab, el cazaballenas.

Pues parece que ya hemos llegado a un acuerdo. Parece que sí. La exposición se instalará el próximo trece de agosto en el gran salón principal y permanecerá abierta al público durante veinte años. El programa lo diseñará y escribirá el chimpancé que tenemos atado a la columna. Es un portento, ya verás. No te preocupes, tiene la ESO. Eso es lo que me preocupa. Para la inauguración contrataremos un cuarteto de cuerda y pondremos algo para picar. Será un evento moderno, con césped artificial y mesas de madera. Los vamos a pasar bien.

El día de la inauguración el chimpancé toma la palabra y presenta el concepto de la idea gráfica y cuáles son sus referencias a la hora de diseñar la identidad del proyecto. Utiliza palabras frescas y flequillo largo. Hoy lleva pañal. Un muchacho de pelo corto pregunta desde el público si en su trabajo como creativo pesa más la razón o la intuición. El primate no sabe qué contestar y trata de palparse el príapo.

La comisaria da por finalizada la presentación. Me dirige un gesto para que no hable. Da paso al cuarteto de cuerda que interpreta de forma majestuosa la suite número dos del hotel Carlton con arreglos de Santiago Etxetxikia, albañil. A continuación entran los canapés. Siesta. Cuando llegan los postres se reparten puros. A la hora de los puros se reparten postres. La comisaria mira el tinglado satisfecha. Todo eso es posible gracias a ella. Me hace otro gesto para que siga callado. Se golpea los dientes con un bolígrafo bic.

Veinte años después llega la hora de desmontar. La misma comisaria que me atendió hace dos décadas me acompaña a recoger los bártulos. El proyecto ha sido un éxito rotundo, me dice. Ciento setenta y dos visitas. Entre ellas: dos concejales de cultura, turismo y asuntos taurinos; la diputada de deportes y agricultura; la ex-alcaldesa con su familia al completo; el marqués y dos autobuses que vinieron de Francia exclusivamente para ver tu trabajo. Tienes madera, muchacho. Sigue adelante. Pregunto por el chimpancé y me dice que cambió de oficio. Ahora es conductor de un vehículo sin conductor. Qué pena, murmuro. Qué pena, sí, murmura ella. Sí, murmuramos los dos. Sí, murmura el secretario que entra al despacho cojeando a rellenar su vasito de agua mineral. Sí, la oficina. Sí, el edificio. Sí, la ciudad. Sí, la provincia. Ahab, el cazaballenas.

Vuelvo a casa y me siento en el sofá. La caja con las películas que he utilizado en la exposición está tirada en el suelo. Apoyo los pies sobre ella. Miro el techo. La misma grieta desde hace veinte años. Una chispa ilumina mi cara. Películas clásicas proyectadas a ocho fotogramas por segundo. Filmes que duran sesenta minutos proyectados durante treinta y ocho horas. Ésta es buena. Ésta sí que es buena. Poder disfrutar de los genios del cine durante el mayor tiempo posible. Paladear cada imagen durante más de diez minutos. Ésta es genial. Agarro el teléfono y marco. Dígame. Lo tengo, grito. La exposición consiste en lo siguiente. Un bolígrafo golpea unos dientes.

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