68.2017/10

Fanzine opaco que vibra

Bocuse no estuvo aquí

El par de zapatillas que cuelga de los cordones en un cable de la luz significa que en algún lugar cercano hay un punto de venta de droga. Por eso él ha puesto una lechuga encima de una banqueta frente a la entrada de su huerta. «Para que la gente sepa que puede entrar, que aquí se vende mierda de la buena».

Cuando llueve le escuece la piel y se queda en casa. El resto de los días, los de sol, despacha la única verdura de temporada que se ha adaptado a la radiación: calabacines. «Fíjate, se enrosca sobre sí mismo como si tuviera dolor de barriga», cuenta mientras señala un calabacín azulado con forma de herradura vieja.

Él se refiere a su producto como mierda atómica. Algunos turistas le compran calabacines para hacerse fotos con ellos y luego los tiran en el contenedor naranja, el de los desechos nucleares. Todos esos guiris llevan un contador geiger y visten pantalones y camisas de manga larga. Ninguno hace caso al crepitar del aparato.

La explosión de la central vació la zona hace ochenta años. Más de diez millones de personas fueron desplazadas.

Ahora, la crisis de los semáforos ha hecho que personas descendientes de los descendientes de los que huyeron del desastre original hayan vuelto a vivir a la zona prohíbida. Los colonos atómicos, se hacen llamar a sí mismos. Los Supercolonos. Supercolonoscopios.

Se han familiarizado con la radiación y dan por hecho que una esperanza de vida de cuarenta años es un buen promedio. Aceptan los dolores y las enfermedades raras. Todo ello a cambio de vivir en el único lugar del planeta en el que quedan pasos a nivel sin barreras.

La lechuga que Fiodor Pasternak tiene encima de la banqueta es roja como el comunismo y pequeña como su esperanza. Cuando la tocas con la punta de los dedos, las hojas se deshacen en ceniza. «Nuevas texturas, compañero», dice sonriendo, «nouvelle cuisine».

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