69.2018/04

Fanzine pan y dime tonto

Opinel 3.14

Una vez fui invitado por un rico a un concierto de Mahler, Gustav. Me vio en la calle y me habló: «Eh, tú, ¿quieres una entrada?» Cogí el ticket de su mano y él desapareció.

Media hora más tarde entré al Gran Auditorio y me senté en la quinta butaca de la décima fila. Junto a mí estaba el rico con sus compinches. No me hablaron. Ni siquiera un brevíssimo, lentíssimo, pianíssimo saludo. Yo era un error en su matriz. Yo era el pobre vagabundo en su día de acción de gracias.

El conciertó comenzó. Más tarde, el concierto terminó.

Cuando se apagaron los aplausos los ricos de mi fila me sonrieron ampliamente. La mujer de mi benefactor, dos butacas más allá, me preguntó si me había gustado la actuación. Le contesté con otra pregunta: «¿Vienen ustedes mucho por aquí?» Su soberbia absorbió mi comentario y comenzó un monólogo-resumen del recital. Repetía la palabra «fantástico» una y otra vez. Una y otra vez. El rico que me había franqueado el paso a su clase social me ignoraba con desdén (ignorar con desdén es empresa harto complicada pero lograble en casos como este). Seguramente no sabía relacionarse con alguien que olía como yo.

El auditorio se estaba vaciando. El público se iba a cenar al restaurante. Un público rico y cultivado.

Fui al baño. Necesitaba lavarme las manos y la cara. Gasté mucho jabón. Pensé en cagar y en no tirar de la cadena. Mas, ¿qué clase de ridícula venganza social sería aquella? ¿qué mierda de reivindicación? Aquella acción pasaría a formar parte del argumentario de toda aquella gente. Así que regresé al patio de butacas. Volví a mi asiento cinco de mi décima fila. Me senté. Aplaudí a un escenario vacio. Grité: «¡Bravo!» Los pocos que quedaban por salir se giraron para mirarme. «¡Bravísimo!», grité. «¡Bravo! ¡Bravísimo!».

Y, entonces, como no podía ser de otra manera, me levanté y exploté.

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