69.2018/04

Fanzine pan y dime tonto

Maratamara

Tamara llama al telefonillo y pregunta por Tamara, que no está. Pero su madre sí que está y le dice que espere, que le va a echar el dinero y la lista de la compra. Tamara se aparta del portal y mira hacia el balcón. Su madre lanza un paquete envuelto en una servilleta de cuadros azules y blancos. La séptima aerotransportada. Tráeme los cambios. Si, mamá.

La otra Tamara, la que no estaba en casa, está trabajando. Un trabajo mal pagado. Más de cuarenta horas semanales en horario partido por la mitad de la mitad por menos de mil euros al mes. Una mierda, según ella. Por lo menos tiene trabajo, según el resto de la humanidad bienpensante que sabe mucho más que tú lo que es bueno para ti y lo que no (comentario patrocinado por Amancio Ortega Gaona [Busdongo, León, 1936]).

La primera Tamara ha comprado la mitad de lo que su madre le había pedido y se ha quedado con los cambios. La segunda Tamara está haciendo la tercera hora extra de la jornada porque un compañero llega tarde a su puesto de trabajo. Tamara piensa en Tamara.

Cuando las dos Tamaras se vuelven a encontrar en casa —por la noche, en la cama, antes de dormir— chocan. Chocan porque, a pesar de vivir en la misma casa, ser hijas de la misma madre y vestir la misma ropa con los mismos complementos, sus vidas son tan diferentes que nadie podría asegurar que son la misma persona. Tamara contra Tamara. Chocan dentro de un mismo cuerpo y en una única cabeza. Colisionan en un mismo punto del espacio-tiempo.

Tamara añora a Tamara, ahora que ella misma ya no está.

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