68.2017/10

Fanzine opaco que vibra

Stop

Nació raro. Muy raro. Algo pasaba con él, y nadie alcanzaba a descubrir qué. Tuvo que pasar el tiempo, hasta que cumplió unos años y pudo tener consciencia de si mismo, para saberlo.

Ni adultos ni niños querían acercarse a él. Nadie lo decía, por eso del decoro, pero todos le rehuían. Tenía la extraña habilidad de hacer que el tiempo junto a él se les hiciese larguísimo. Mas no era su culpa. En cuanto cumplió unos años se dio cuenta de que con un poco de concentración en un algo era capaz de detener y capturar ese momento. Y aún más alucinante. Era el único capaz de hacerlo.

Todo el mundo detenido por y para él.

Desde recién nacido era capaz de detener el tiempo, pero no fue hasta que tuvo unos pocos años cuando empezó a saber utilizarlo. Eso que había hecho toda la vida, ahora dominando su control y conociendo su uso, lo empezó a poner en práctica en el transcurso del día a día.
Primer gol en el deporte escolar, un sobresaliente, vencer al alto mando pokémon, comerse la patata frita más grande del plato... Qué sé yo. Esas cosas que llenan de orgullo a un niño por las que el adulto ha perdido la ilusión. Ahí el niño paralizaba el mundo para poder gozar del orgullo durante el mayor tiempo posible. Momentos ceremoniosos que gozaba, mientras el resto de la paralizada humanidad esperaba. O no, pues esperar requiere la consciencia de estar haciéndolo.

Pero el chaval fue creciendo, y alcanzando eso que a veces se llega a desarrollar llamado responsabilidad, o sentimiento de culpa, o como se le quiera llamar, y empezó a sentirse mal al utilizar su habilidad. Puede resultar tonto, pues al fin y al cabo la gente congelada no siente más que una extraña sensación de distorsión del tiempo, pero nada serio. Aún así, tener a toda la humanidad congelada por tus caprichos debe imponer. Y mucho.

El tiempo pasaba, y llegó la adolescencia. Primeros amores, primeros desamores. Momentos felices, momentos duros. Momentos que quería conservar, momentos que quería que no llegaran. Pero momentos que terminan por llegar.

Conoció un nuevo amor, un nuevo amor que le hacía feliz y le volvía a hacer sentir bien. Y volvió a experimentar esa sensación de plenitud que temía algún día volver a perder. En su temor, desempolvó su habilidad y probó a detener a su pareja, pero claro, aunque al principio no le desagradara del todo, la necesitaba operativa para poder disfrutar de ella. No era la solución. Por eso quiso detenerse a si mismo, cosa que nunca probó, pues quería perdurar de por vida el sentir que en ese momento tenía.

Decenas de personas se arremolinaron a su alrededor. Cayó a peso muerto al suelo. Puede que disfrutando de lo que quería perdurar, puede que no. Lo que parece claro es que mientras el mundo puede ser detenido, el corazón de una persona no.

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